Capítulo 1
1Esto sucedió en tiempos de Asuero, que reinó sobre ciento veintisiete provincias, desde la India hasta Etiopía. 2Tenía su trono en la ciudadela de Susa. 3El año tercero de su reinado, el rey ofreció un banquete a todos los jefes y cortesanos, a los oficiales del ejército de Persia y Media, a los nobles y a los gobernadores de las provincias. 4Durante mucho tiempo, a saber, ciento ochenta días, hizo ostentación de la magnífica riqueza de su reino y del grandioso esplendor de su majestad. 5Pasados aquellos días, el rey ofreció a todos los que se hallaban en la ciudadela de Susa, nobles o plebeyos, un banquete de siete días en los jardines del palacio real. 6Había columnas de alabastro, de las que pendían cortinajes de color blanco y púrpura, sujetos a unas anillas de plata por medio de cordones de lino y púrpura; había también divanes de oro y plata sobre un pavimento de mosaico hecho de malaquita, alabastro, nácar y turquesa. 7El vino, servido en copas de oro de diversas formas, corría con la abundancia que corresponde a un rey. 8A nadie se obligaba a beber, pues el rey había ordenado a todos los sirvientes de su palacio que no forzaran la voluntad de nadie. 9También la reina Vasti ofreció un banquete a las mujeres en el palacio del rey Asuero. 10El día séptimo, Asuero, con el corazón ya alegre por el vino, mandó a Mehumán, Bizetá, Jarboná, Bigtá, Abagtá, Zetar y Carcás, los siete eunucos destinados al servicio personal del rey, 11que llevaran ante su presencia a la reina Vasti, adornada con la corona real, para que la gente y los nobles pudieran admirar su hermosura, pues era realmente una mujer muy hermosa. 12Pero la reina Vasti se negó a obedecer la orden que le comunicaron los eunucos. El rey se encolerizó y se encendió su ira. 13Entonces decidió consultar a los expertos en leyes, pues era costumbre discutir con ellos los asuntos regios. 14Llamó, pues, a Carsená, Setar, Admatá, Tarsis, Meres, Marsená y Memucán, los siete grandes de Persia y Media, que formaban parte del consejo real y ocupaban los primeros puestos en el reino, 15y les preguntó: «Según la ley, ¿qué medida se debe adoptar con la reina Vasti por haberse negado a obedecer la orden del rey Asuero que le comunicaron los eunucos?». 16Respondió Memucán en presencia del rey y de los nobles: «La reina Vasti ha cometido una falta, y no solo contra el rey, sino también contra los gobernantes y súbditos de todas las provincias del rey Asuero. 17Porque se enterarán todas las mujeres de lo que ha hecho la reina, perderán el respeto a sus maridos y dirán: “El rey Asuero ordenó que la reina Vasti se presentara ante él, pero ella no fue”. 18Y hoy mismo, las mujeres de los nobles de Persia y Media, que ya conocen la conducta de la reina, se rebelarán contra sus maridos. ¡Cuántos desprecios y riñas se producirán! 19Si el rey lo tiene a bien, promulgue un decreto irrevocable que se incluya en la legislación de los persas y los medos: Vasti no volverá a presentarse ante el rey y el rey concederá el título de reina a otra mujer más digna que ella. 20Cuando ese decreto sea conocido en todos los rincones del reino, todas las mujeres respetarán a sus maridos, nobles o plebeyos». 21El consejo de Memucán agradó al rey y a los nobles, y el rey actuó en consecuencia. 22Envió cartas a todas las provincias del reino, a cada provincia en su escritura y a cada pueblo en su lengua, ordenando que fuera el marido quien mandara en su casa.
Capítulo 2
1Algún tiempo después, una vez calmada la irritación del rey, este se acordó de Vasti, de lo que ella había hecho y de lo que él había decretado con tal motivo. 2Entonces los cortesanos le propusieron: «Conviene que busquen jóvenes vírgenes y hermosas para el rey. 3Para ello, el rey puede nombrar representantes en todas las provincias de su reino, para que reúnan a todas las jóvenes vírgenes y hermosas en el harén de la ciudadela de Susa, donde serán confiadas a los cuidados de Hegeo, el eunuco real encargado de las mujeres. Él les procurará cosméticos. 4Luego, la joven que más le guste al rey será reina en lugar de Vasti». El rey aceptó la sugerencia y la puso en práctica. 5Había en la ciudadela de Susa un judío llamado Mardoqueo, hijo de Yaír, hijo de Semeí, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín. 6Había sido deportado desde Jerusalén con Jeconías, rey de Judá, en la deportación que hizo Nabucodonosor, rey de Babilonia. 7Mardoqueo había criado a Edisa, es decir, Ester, prima suya y huérfana de padre y madre. La joven era hermosa y muy atractiva. A la muerte de sus padres, Mardoqueo la había adoptado como hija. 8Cuando se publicó el edicto real, muchas jóvenes fueron llevadas a la ciudadela de Susa y encomendadas a Hegeo. También Ester fue conducida al palacio real y encomendada a Hegeo, el encargado de las mujeres. 9Como a Hegeo le gustó mucho la joven y le agradó, se apresuró a proporcionarle cosméticos y sustento, puso a su disposición siete doncellas, seleccionadas entre las de palacio y la instaló, junto con sus doncellas, en el mejor lugar del harén. 10Ester no había dicho a qué raza o pueblo pertenecía, pues Mardoqueo se lo había prohibido. 11Todos los días pasaba Mardoqueo por delante del atrio del harén para conocer qué era de Ester y cómo la trataban. 12Estaba previsto que, antes de presentarse ante el rey Asuero, las mujeres debían someterse, según lo dispuesto para ellas, a una preparación que duraba doce meses: los seis primeros se ungían con aceite de mirra, y los otros seis con cremas y perfumes típicamente femeninos. 13Pasado ese período, cuando a cada joven le tocaba presentarse ante el rey, se le permitía llevar consigo del harén al palacio real todo lo que deseara. 14Entraba en palacio por la tarde y a la mañana siguiente iba a otro sector del harén, bajo los cuidados de Saasgaz, el eunuco del rey encargado de las concubinas. Ya no se presentaba de nuevo ante el rey, a no ser que este la desease y la llamase expresamente. 15Cuando a Ester, hija de Abijail, tío de Mardoqueo, su padre adoptivo, le llegó el turno de presentarse ante el rey, ella pidió llevar consigo únicamente lo que le había aconsejado Hegeo, el eunuco real encargado de las mujeres. Ester se ganaba el favor de cuantos la veían. 16Fue presentada ante el rey Asuero en el palacio real el mes décimo, es decir, el mes de tébet, del año séptimo de su reinado. 17El rey la prefirió a las demás mujeres y la trató con especial cariño y bondad, hasta el punto de coronarla y nombrarla reina en lugar de Vasti. 18Después ofreció un gran banquete a todos los nobles y cortesanos, decretó un día de descanso para todas las provincias y repartió regalos dignos de un rey. 19Cuando Ester pasó, como las otras jóvenes, al segundo harén, 20tampoco dijo a qué raza o pueblo pertenecía, pues así se lo había mandado Mardoqueo, y ella seguía obedeciéndole como cuando vivía con él. 21Un día, estando sentado a la puerta de palacio, Mardoqueo advirtió que Bigtán y Teres, dos eunucos que servían como centinelas, se mostraban irritados y conspiraban contra la vida del rey Asuero. 22Tan pronto como se enteró, se lo comunicó a la reina Ester y ella se lo dijo al rey mencionando a Mardoqueo. 23Hecha una investigación, se descubrió la conjura y los dos hombres fueron condenados a la horca. El suceso fue consignado en la crónica del reino, en presencia del rey.
Capítulo 3
1Después de esto, el rey Asuero elevó de categoría a Amán, hijo de Hamdatá, agaguita: le otorgó un rango superior al de los demás dignatarios. 2Todos los servidores de palacio que estaban en la puerta del rey, por orden real, mostraban su respeto a Amán inclinándose y postrándose ante él. Mardoqueo, sin embargo, se negaba a inclinarse y postrarse. 3Los servidores de palacio le preguntaban: «¿Por qué no obedeces la orden del rey?». 4Día tras día le repetían la pregunta, pero Mardoqueo no se daba por enterado. Entonces lo denunciaron a Amán para ver si Mardoqueo se mantenía en su actitud, pues ya les había indicado que él era judío. 5Cuando Amán comprobó que Mardoqueo no se arrodillaba ante él, montó en cólera. 6Como le dijeron a qué raza pertenecía Mardoqueo, no se contentó con castigarle a él, sino que se propuso exterminar, junto con él, a todos los judíos residentes en el reino de Asuero. 7El año duodécimo del reinado de Asuero, el mes primero, que es el mes de nisán, se efectuó en presencia de Amán el sorteo denominado pur para determinar el mes y el día en que el pueblo judío debía ser aniquilado. La suerte cayó en el mes duodécimo, que es el mes de adar. 8Amán dijo al rey Asuero: «Hay un pueblo, disperso entre las gentes de todas las provincias de tu reino, que se mantiene apartado. Tiene leyes particulares y no cumple los decretos del rey. El rey no debe tolerarlo. 9Si tu majestad estima oportuno decretar su destrucción, yo entregaré trescientos cincuenta mil kilos de plata con destino al tesoro real». 10Entonces el rey se quitó de la mano el anillo del sello y, entregándoselo a Amán, hijo de Hamdatá, agaguita y enemigo de los judíos, 11le dijo: «Quédate con el dinero; y con ese pueblo haz lo que quieras». 12El día trece del mes primero fueron convocados los escribanos del rey para que redactaran, de acuerdo con las instrucciones de Amán, un documento destinado a los sátrapas del rey, a los gobernadores de cada una de las provincias y a los jefes de cada pueblo, a cada provincia en su escritura y a cada pueblo en su lengua. El documento, escrito en nombre del rey Asuero, llevaba el sello real. 13A todas las provincias del reino fueron enviados mensajeros con cartas en las que se ordenaba destruir, matar y exterminar a todos los judíos, jóvenes y viejos, niños y mujeres, y saquear sus bienes en un solo día, el trece del mes duodécimo, que es el mes de adar. 14Una copia del edicto que debía ser promulgado en cada provincia fue divulgada entre los pueblos con el fin de que se preparasen para aquel día. 15Por orden del rey, los mensajeros partieron a toda prisa. El decreto fue promulgado en la ciudadela de Susa. Mientras el rey y Amán se dedicaban a beber, la ciudad estaba consternada.
Capítulo 4
1Cuando Mardoqueo tuvo noticia de lo que pasaba, rasgó sus vestiduras, se vistió de saco, se cubrió de ceniza y recorrió la ciudad gimiendo amargamente y clamaba a voz en cuello: «Quieren eliminar a un pueblo que no ha faltado en nada». 2Se detuvo ante la puerta del palacio real, pues nadie podía cruzarla vestido de saco. 3En todas las provincias, cuando fue conocido el decreto real, hubo gran duelo entre los judíos, con ayuno, llanto y lamentos. Muchos de ellos se acostaron sobre saco y ceniza. 4Las esclavas y los eunucos de Ester fueron a decírselo. Ella quedó consternada y envió ropa a Mardoqueo para que abandonara el saco y se vistiera; pero él no quiso. 5Entonces Ester llamó a Hatac, uno de los eunucos reales que estaban a su servicio, y le ordenó que preguntase a Mardoqueo cuál era la razón de semejante proceder. 6Hatac encontró a Mardoqueo en la plaza situada frente a la puerta de palacio 7y Mardoqueo le contó lo que le había sucedido y cómo Amán había prometido entregar al tesoro real una suma de dinero por la destrucción de los judíos. 8Le dio una copia del decreto de exterminio promulgado en Susa, para que se lo mostrara a Ester y la pusiera al tanto de la situación, con el ruego de que ella se presentara ante el rey para pedir clemencia en favor de su pueblo y le dijera: «Recuerda cuando eras pequeña: cómo te alimentaba con mi mano. Ya que Amán, el segundo en el reino, ha pedido nuestra muerte, invoca tú al Señor, habla al rey en favor nuestro y líbranos de la muerte». 9Hatac comunicó a Ester la respuesta de Mardoqueo, 10y ella lo envió de nuevo con este mensaje: 11«Todos los cortesanos del rey y la gente de las provincias saben que, por decreto real, cualquier persona, hombre o mujer, que se presente ante el rey en el patio interior sin haber sido llamada merece la muerte, a menos que el rey, extendiendo su cetro de oro hacia ella, le perdone la vida. Y hace ya treinta días que el rey no me llama a su presencia». 12Cuando Mardoqueo recibió el mensaje de Ester, 13pidió que le dijeran: «No pienses que, por estar en el palacio real, vas a ser la única que se salve entre todos los judíos. 14Si ahora te obstinas en callar, el auxilio y la liberación vendrán a los judíos de otra parte, mientras que tú y tu familia pereceréis. Incluso es muy posible que hayas llegado a ser reina para una ocasión como esta». 15Ester mandó que respondieran a Mardoqueo: 16«Reúne a todos los judíos que habitan en Susa y ayunad por mí. No comáis ni bebáis durante tres días y tres noches. También yo y mis doncellas ayunaremos. Después, aunque la ley lo prohíbe, me presentaré ante el rey. Y, si he de morir, moriré». 17Mardoqueo se fue y cumplió lo que Ester le había indicado.
Capítulo 5
1Al tercer día, Ester se puso los vestidos de reina y fue hasta el patio interior de palacio, que daba al salón del trono. Cuando el rey, que estaba sentado en el trono real, mirando hacia la entrada, 2vio a la reina Ester de pie en el patio, quedó embelesado y extendió hacia ella el cetro de oro que tenía en la mano. Ester se acercó y tocó el extremo del cetro. 2Y extendiendo el cetro de oro lo puso sobre su cuello, la besó y le dijo: «Háblame». 3Entonces el rey le preguntó: «¿Qué sucede, reina Ester? ¿Qué deseas? Aunque sea la mitad de mi reino, te lo concederé». 4Ester dijo: «Si place al rey, venga hoy con Amán al banquete que le he preparado». 5El rey ordenó: «Avisad inmediatamente a Amán, para que se cumpla lo que Ester desea». El rey y Amán acudieron al banquete que ella había preparado. 6Durante el banquete, dijo el rey a Ester: «Te daré lo que me pidas. Lo que desees, aunque sea la mitad de mi reino, te será concedido». 7Respondió Ester: «Este es mi deseo y petición: 8si he hallado gracia ante el rey, si le place concederme lo que pido y acceder a mi deseo, venga con Amán al banquete que voy a preparar mañana para ambos. Mañana responderé al rey». 9Amán salió entonces contento y satisfecho. Pero, al ver que Mardoqueo permanecía a la puerta de palacio sin levantarse ni apartarse a su paso, montó en cólera. 10Sin embargo, se reprimió y marchó a su casa. Allí, en presencia de sus amigos y de Zeres, su mujer, 11habló de sus inmensas riquezas, de sus muchos hijos y de cómo el rey lo había enaltecido, ascendiéndolo por encima de los demás cortesanos y ministros. 12Y añadió: «Más aún: la reina Ester no ha invitado a nadie más que a mí para acompañar al rey en un banquete que había preparado y también mañana estoy invitado junto con el rey. 13Pero todo eso no significa nada para mí mientras vea al judío Mardoqueo sentado a la puerta de palacio». 14Su mujer, Zeres, y sus amigos le dijeron: «Manda preparar una horca de unos veinticinco metros de altura y, mañana temprano, pide al rey que cuelguen de ella a Mardoqueo. Así podrás ir satisfecho con el rey al banquete». Amán, encantado con la idea, mandó preparar la horca.
Capítulo 6
1Aquella noche, no pudiendo conciliar el sueño, el rey mandó que trajeran y le leyeran el libro de los anales. 2En él se daba cuenta de que Mardoqueo había denunciado a Bigtán y Teres, los dos eunucos reales que servían como centinelas, por haber conspirado contra la vida del rey Asuero. 3El rey preguntó: «¿Qué honor o dignidad se concedió a Mardoqueo por esto?». Los cortesanos que acompañaban al rey dijeron que no se había hecho nada. 4Entonces el rey prosiguió: «¿Quién está en el patio?». Precisamente entonces llegaba Amán al patio exterior de palacio para pedir al rey que colgaran a Mardoqueo en la horca que le había preparado. 5Los cortesanos respondieron al rey: «El que está ahí es Amán». El rey ordenó que entrara. 6Una vez dentro, el rey le preguntó: «¿Qué se puede hacer a un hombre a quien el rey quiere honrar?». Amán, imaginando que era él mismo el hombre a quien el rey deseaba honrar, 7respondió al rey: «Que al hombre a quien el rey desea honrar 8le traigan vestiduras regias usadas por el rey y un caballo que el rey haya montado y le pongan una corona real en la cabeza. 9Un noble, dignatario real, tomará las vestiduras y el caballo, vestirá al hombre a quien el rey desea honrar y le paseará sobre el caballo por la plaza de la ciudad, pregonando ante él: “Mirad lo que se hace con el hombre a quien el rey quiere honrar”». 10Entonces dijo el rey a Amán: «Bien. Toma las vestiduras y el caballo, como has dicho, y haz todo eso con el judío Mardoqueo, que está sentado a la puerta de palacio. No omitas nada de lo que has dicho». 11Amán tomó la ropa y el caballo, vistió a Mardoqueo y lo paseó montado por la plaza de la ciudad, pregonando ante él: «Mirad lo que se hace con el hombre a quien el rey quiere honrar». 12Después Mardoqueo volvió a la puerta de palacio, mientras Amán, triste y cabizbajo, marchó corriendo a su casa. 13Contó lo sucedido a su mujer, Zeres, y a todos sus amigos, los cuales comentaron: «Si el tal Mardoqueo, ante quien has empezado a caer, es de la raza de los judíos, te hundirás ante él. Él verá tu ruina». 14Estaban aún hablando cuando llegaron los eunucos del rey para conducirlo rápidamente al banquete que Ester había preparado.
Capítulo 7
1El rey y Amán acudieron al banquete de la reina Ester. 2Aquel segundo día, el rey dijo de nuevo a la reina durante el banquete: «Te daré lo que me pidas, reina Ester. Aunque sea la mitad de mi reino, te será concedido». 3La reina Ester respondió: «Majestad, si he hallado gracia a tus ojos y te place, mi deseo y petición es que salves mi vida y la vida de mi pueblo, 4pues yo y mi pueblo hemos sido vendidos para ser destruidos, muertos y aniquilados. Si nos hubieran vendido como esclavos y esclavas, me habría callado, ya que tal desgracia no habría perjudicado los intereses del rey». 5El rey Asuero preguntó a la reina Ester: «¿Quién es y dónde está el que pretende hacer semejante cosa?». 6Ester respondió: «El perseguidor y enemigo es ese malvado, Amán». Amán quedó aterrorizado ante el rey y la reina. 7Entonces el rey, enfurecido, se levantó del banquete y salió al jardín de palacio, mientras que Amán, entendiendo que el rey había decidido su perdición, permaneció en la sala para suplicar por su vida a la reina Ester. 8Cuando el rey regresó del jardín a la sala del banquete, Amán estaba reclinado sobre el diván donde se recostaba Ester. Al verlo, el rey exclamó: «¡Y se atreve a violentar a la reina en mi propio palacio!». Bastó que el rey pronunciara esas palabras para que cubriesen el rostro de Amán. 9Jarboná, uno de los eunucos destinados al servicio personal del rey, dijo: «En casa de Amán hay una horca de unos veinticinco metros de altura que él mismo ha mandado preparar para Mardoqueo, el que salvó al rey con su denuncia». El rey ordenó: «¡Ahorcadlo allí!». 10Y colgaron a Amán en la horca que él había preparado para Mardoqueo. Con lo cual se aplacó la ira del rey.
Capítulo 8
1Aquel mismo día, el rey Asuero regaló a Ester la casa de Amán, el enemigo de los judíos. Por su parte, Mardoqueo fue presentado al rey, a quien Ester había informado de la relación que los unía. 2El rey tomó el anillo que había mandado quitar a Amán y se lo entregó a Mardoqueo, y Ester le confió la administración de la casa de Amán. 3Ester suplicó de nuevo al rey. Se postró a sus pies llorando y pidiéndole que evitara el perverso desastre que Amán, agaguita, había maquinado contra los judíos. 4Cuando el rey extendió el cetro de oro hacia Ester, ella se levantó y, en pie ante el rey, 5dijo: «Majestad, si he hallado gracia a tus ojos y te place; si la petición te parece oportuna y yo soy grata ante ti, anula el decreto que Amán, hijo de Hamdatá, agaguita, mandó escribir para exterminar a los judíos en todas las provincias del reino. 6¿Cómo podré ver la desgracia que amenaza a mi pueblo?, ¿cómo podré ver la destrucción de mi raza?» 7El rey Asuero dijo a la reina Ester y al judío Mardoqueo: «He dado a Ester la casa de Amán, y él ha sido ahorcado por su maquinación contra los judíos. 8Ahora vosotros escribid en nombre del rey lo que mejor os parezca en favor de los judíos y selladlo con el sello real, pues lo que se escribe en nombre del rey y se sella con su sello es irrevocable». 9El día veintitrés del mes tercero, que es el mes de siván, fueron convocados los escribanos del rey. Siguiendo las instrucciones de Mardoqueo, redactaron un documento dirigido a los judíos, a la vez que a los sátrapas, a los gobernadores y a los jefes de las ciento veintisiete provincias, desde la India hasta Etiopía, a cada provincia en su escritura y a cada pueblo en su lengua; a los judíos, también en su propia escritura y lengua. 10El documento, escrito en nombre del rey Asuero y sellado con el sello real, fue enviado por medio de mensajeros que montaban veloces caballos de las cuadras reales. 11El rey, en virtud de tal documento, concedía a los judíos de todas las ciudades el derecho a reunirse en su propia defensa y a destruir, matar y aniquilar a la gente, incluidas mujeres y niños, de cualquier pueblo o provincia que los atacara, así como el derecho a saquear sus bienes, 12y esto en todas las provincias del rey Asuero, en un mismo día, el trece del mes duodécimo, que es el mes de adar. 13El documento, con rango de ley, debía hacerse público en todas las provincias y ser difundido en todos los pueblos; los judíos debían estar preparados ese día para vengarse de sus enemigos. 14Los mensajeros, obedeciendo la orden del rey, partieron a toda prisa, montados en veloces caballos de las cuadras reales. El decreto fue publicado también en la ciudadela de Susa. 15Mardoqueo salió del palacio real con espléndidas vestiduras de color violeta y blanco, con una gran corona de oro y un manto de hilo fino y púrpura. Toda la ciudad de Susa estaba alborozada. 16Para los judíos fue una jornada de luz y alegría, de regocijo y gloria. 17Cuando llegaba a las provincias y ciudades el decreto del rey, los judíos lo celebraban con júbilo, banquetes y fiestas. Y muchos gentiles se declararon judíos, pues el temor a los judíos se había apoderado de ellos.
Capítulo 9
1Las órdenes del rey fueron cumplidas el día trece del mes duodécimo, el mes de adar. Ese día, en el que los enemigos de los judíos habían pensado aplastarlos, pasó a ser el día en que los judíos aplastaron a sus enemigos. 2Los judíos se reunieron en sus ciudades, en todas las provincias del rey Asuero, para atacar a los que habían tramado su ruina. Nadie les pudo resistir, porque todo el mundo les tenía miedo. 3Los jefes de las provincias, los sátrapas, los gobernadores y funcionarios reales apoyaban a los judíos por temor a Mardoqueo, 4que tenía gran influencia en palacio; su fama se extendía por todas las provincias en la medida en que aumentaba su poder. 5Los judíos pasaron a cuchillo a todos sus enemigos. Sembraron entre ellos la muerte y la destrucción, haciéndoles lo que ellos habían pensado hacerles. 6Solo en la ciudadela de Susa mataron y exterminaron a quinientos hombres, 7y también a Parsandatá, Dalfón, Aspatá, 8Poratá, Adalía, Aridatá, 9Permastá, Arisay, Ariday y Yezatá, 10los diez hijos de Amán, hijo de Hamdatá, el enemigo de los judíos. Pero no saquearon sus bienes. 11Aquel mismo día, cuando el rey conoció el número de muertos en la ciudadela de Susa, 12dijo a la reina Ester: «En la ciudadela de Susa los judíos han exterminado a quinientos hombres y a los diez hijos de Amán. ¿Qué habrán hecho en las demás provincias del reino? Si pides otra cosa, te será concedida. Si deseas algo más, se hará». 13Ester respondió: «Si le parece bien al rey, ruego que se conceda a los judíos de Susa aplicar también mañana el decreto de hoy, y que cuelguen los cuerpos de los diez hijos de Amán». 14El rey ordenó que así se hiciera. El decreto fue prorrogado en Susa, y colgaron a los diez hijos de Amán. 15Los judíos de esta ciudad se reunieron también el día catorce del mes de adar y mataron allí a trescientos hombres. Pero no saquearon sus bienes. 16Los judíos de las demás provincias del reino se habían reunido para defenderse eliminando a sus enemigos; dieron muerte a setenta y cinco mil adversarios. Pero tampoco saquearon sus bienes. 17Esto sucedió el día trece del mes de adar; el día catorce descansaron, declarándolo festivo. 18En cambio, los judíos de Susa, que se habían reunido los días trece y catorce, descansaron el quince, declarándolo festivo. 19Por esa razón, los judíos que viven en las aldeas celebran el día catorce del mes de adar como fiesta en la que se intercambian obsequios. 20Mardoqueo puso todo esto por escrito y envió cartas a todos los judíos de todas las provincias del rey Asuero, cercanas y lejanas, 21mandando que cada año se celebraran los días catorce y quince del mes de adar, 22porque en tales días los judíos se libraron de sus enemigos y en tal mes se cambió su tristeza en alegría y su duelo en fiesta. Esos días debían celebrarse como festivos, con intercambio de regalos y donativos a los pobres. 23Los judíos adoptaron esta práctica que ya habían empezado a observar de acuerdo con la carta de Mardoqueo. 24Amán, hijo de Hamdatá, agaguita, enemigo de todos los judíos, había proyectado eliminarlos y había echado el pur —es decir, la suerte— para aplastarlos y destruirlos. 25Pero, cuando Ester se presentó ante el rey, este revocó por escrito el proyecto de Amán, haciendo que los males que él había urdido contra los judíos recayeran sobre su propia cabeza, y así él y sus hijos fueron colgados en la horca. 26De ahí que estos días reciban el nombre de Purim, derivado de la palabra pur. Teniendo en cuenta lo escrito en aquella carta y lo que ellos mismos habían visto o conocido al respecto, 27los judíos tomaron la firme resolución de celebrar cada año —ellos, sus descendientes y los prosélitos— esos dos días de la manera y en las fechas prescritas. 28Los días de los Purim serán recordados y celebrados de generación en generación en todas las familias, provincias y ciudades; serán observados siempre entre los judíos y recordados por sus descendientes. 29La reina Ester, hija de Abijail, y el judío Mardoqueo escribieron instando al cumplimiento de lo dicho en esta segunda carta sobre los Purim. 30A todos los judíos de las ciento veintisiete provincias del reino de Asuero se enviaron cartas, con deseos de paz y seguridad, 31en las que se ratificaba la celebración de los Purim, tal como habían prescrito el judío Mardoqueo y la reina Ester. Habían prescrito también, para sí y sus descendientes, algunas normas sobre ayunos y lamentaciones. 32Así pues, el mandato de Ester, consignado por escrito, estableció las normas para la celebración de los Purim.
Capítulo 10
1El rey Asuero impuso un tributo a todos los habitantes del país y de las islas. 2Todas sus gestas políticas y militares, así como el encumbramiento de Mardoqueo, se pueden leer en los anales de los reyes de Media y Persia. 3El judío Mardoqueo, en efecto, fue el primero en el reino después del rey; fue un hombre muy importante entre los judíos y querido por sus compatriotas, pues promovió el bien de su pueblo y la paz para su raza.